20060330

Cambio social: del amor romántico al amor pragmático


"Nos enterrarán juntos", le había prometido Alberto a Isabel, antes de marchar a España en busca de trabajo. Ella temía que no volviese, ni a quedarse, ni a buscarla. Que en la lejana y brillante Europa, y en esa España en donde todo parecía ser diversión, terminaría olvidándose de ella. Que encontraría a otra más valiente, de entre las muchas que desde su misma ciudad habían dado el salto. Tal vez Laurita, su antigua novia, o Mariluz, siempre tan coqueta y repintada. Ay, cómo sufría desde que despidió a Alberto en el aeropuerto. ¿Por qué se sentía siempre tan poco arrojada?.
Mientras, desde que llegó a España anduvo Alberto imaginando cómo tranquilizarla. Buscaba cabinas trucadas, locutorios fantasmas en los que las llamadas internacionales salían a veces más baratas que las locales, para hablar con ella el máximo de tiempo posible, al menor coste. Porque ahorrar era su obsesión, y gracias a esa disposición los contratistas que le daban trabajo negro le sacaban horas de plusvalía sin fin.
El trampojo que vió una tarde de domingo, haraganeando por la Calle de Toledo, fue toda una inspiración. Y durante la semana siguiente paseó infatigable, después de dar de mano, por el centro de Madrid, en busca de obras de demolición.
No abundaban, porque las rehabilitaciones cuentan con ayudas públicas y desgravaciones. Además, se venden mucho mejor, como signo de status, los pisos rehabilitados de las grandes casonas decimonónicas. Pero al fin, en la calle Fuencarral, encontró el lugar ideal: un edificio de seis plantas que prometía liberar una enorme medianera. Y al día siguiente, cuando el capataz llegó a abrir el candado de la verja de la obra, se encontró a Alberto esperándole.
Negociaron durante un buen rato. Alberto era un buen trabajador, y dominaba varias especialidades: era un exquisito yesista, por ejemplo. Pero en trabajos de demolición no había trabajado. Así que tuvo que demostrarle el capataz que era capaz de dejar la medianera "limpia como una patena", según explicó luego el capataz al contratista.
Y lo consiguió: durante semanas, Alberto trabajó limpiando de cascotes la pared. Y los compañeros del tajo fueron siguiendo, primer alucinados, y luego divertidos, la evolución de su tarea, a partir del momento en que Alberto empezó a pintar con trozos de carbón la pared que acababa de limpiar.
"Nos enterrarán juntos, mirándonos", escribió sobre la fotografía que le envío a Isabel, según me han contado. Yo no la ví, aunque sí he visto la pared, no estoy ahora seguro de si en San Bernardo o en Fuencarral. Si se dan prisa, aún podrán ver cómo se miran a los ojos. Aprovechen, porque en unas semanas estarán ya, no enterrados, pero sí emparedados. Pero no intenten saludar a Alberto, porque ya no trabaja en la obra: un tramoyista lo vió en plena faena, y lo han contratado en una agencia publicitaria. Por eso no llegó a pintar sobre el cuello de Isabel el collar de perlas que le regaló dos años antes.
Claro, que no sólo le descubrió el tramoyista. Una tarde de domingo, hace un par de semanas, Mariluz paseaba con sus amigas, comiéndose unas pipas de girsaol, por Fuencarral, y reconoció inmediatamente los rostros de Isabel (cuya candidez odiaba y envidiaba desde niña) y Alberto. Y ese mismo lunes se pasó por la obra, después de dejar a los niños que cuidaba en la guardería.
Ahora Mariluz reside en la costa, con Alberto, que pinta carteles publicitarios. Todo ha ido muy rápido. Tanto, que Isabel todavía no ha recibido la fotografía que Alberto le envió.

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